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Mi experiencia en la caótica y emotiva apertura del FICCI 65


Soy de las personas que se tarda un poco en contar las experiencias que vivo. Me gusta digerir el momento, permitir que las sensaciones reposen y que el ruido externo se calme para entender qué fue lo que realmente se quedó conmigo.


Después de unos días de reflexión, aquí les cuento cómo viví la inauguración de la edición 65 del Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias (FICCI), una noche que pasó de la tensión absoluta a la magia más pura.


La cita era en el emblemático patio de Banderas del Centro de Convenciones Julio César Turbay. Desde antes de empezar, la atmósfera ya advertía que sería una noche diferente. Al ser una inauguración de entrada libre, la respuesta de los cartageneros fue masiva, desbordando cualquier esquema de logística previsto. No les voy a mentir: hubo momentos de desorden y mucha tensión. El control de ingreso se vio superado por una marea de personas ansiosas por ser parte de la semana más importante del cine en Latinoamérica. Vivimos minutos de angustia cuando las puertas se cerraron por aforo completo, dejando a muchos afuera; sin embargo, tras la incertidumbre y el clamor del público, la organización logró habilitar el ingreso justo antes de dar inicio a la función, permitiéndonos ocupar nuestro lugar en esta ceremonia colectiva.


Superado el caos de la entrada, el ambiente se transformó por completo cuando las luces de la ciudad se atenuaron para cederle el protagonismo al cielo. Fuimos deleitados por un impresionante show de drones que, con una precisión coreográfica, comenzó a dibujar monumentos icónicos de Cartagena y símbolos del séptimo arte sobre la bahía. Ver nuestra arquitectura y nuestra identidad iluminada en las alturas fue el recordatorio perfecto de que el FICCI no solo sucede en la ciudad, sino que emana de ella. Fue el preludio ideal para lo que estábamos a punto de presenciar en pantalla.



La película elegida para abrir esta edición fue la brasileña "Feito Pipa", dirigida por Allan Deberton. Debo confesar que la cinta me atravesó por completo. La historia de Gugu, su lucha por el hogar y el cuidado de su abuela, conectó con una fibra muy íntima de nostalgia que, por lo que pude percibir en el silencio absoluto del patio, también conmovió al resto de los asistentes. Es una película que habla de la memoria y de los afectos de una forma tan honesta que resulta imposible salir ileso de su narrativa. Fue una elección valiente y sensible que marcó el tono emocional de lo que seria esta semana de proyecciones.


Lo que más admiro de esta inauguración, más allá de los tropiezos logísticos, es el trabajo que ha liderado Margarita Díaz y su equipo. Hay una intención clara y poderosa de devolver el cine a la calle, al lugar donde nacen las historias y donde vive la gente que las inspira. Como bien se dijo durante el protocolo: "Cartagena no es la locación del FICCI, es su protagonista". Celebro profundamente esa visión de un festival que no le da la espalda a su ciudad, sino que abre sus puertas para que todos tengamos acceso a vivir, aprender y compartir el cine como un derecho y no como un privilegio. A pesar del inicio accidentado, me quedo con la satisfacción de ver una Cartagena que se vuelca a sus plazas para reclamar su cultura.


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