Despedida de la Bienal Internacional de Arte de Antioquia y Medellín (BIAM 2025)
- Galería De Arte
- hace 4 días
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El cierre de la Bienal Internacional de Arte de Antioquia y Medellín (BIAM 2025) este martes 25 de noviembre marca no solo el fin de un ciclo expositivo, sino el balance de un esfuerzo monumental por reactivar, tras 44 años de silencio, uno de los hitos culturales más significativos de la región. La ambición de la BIAM, bajo el lema "El arte, una ventana a la libertad", fue llevar el pulso del arte contemporáneo más allá de los circuitos habituales de Medellín, encontrando en el Pabellón Bello (Parque de Artes y Oficios/Antigua Estación del Tren) uno de sus puntos neurálgicos y más simbólicos.
La elección de la antigua Estación del Ferrocarril de Bello, corazón del patrimonio industrial y obrero del Valle de Aburrá, prometía un diálogo crítico entre la historia del trabajo, el olvido, y la capacidad del arte para reactivar estos espacios. El desafío no era menor: confrontar la vitalidad del arte efímero con la pesantez de una memoria territorial marcada por el músculo fabril y el paso inexorable del tren.

El Pabellón Bello se erigió como el escenario privilegiado para obras de gran formato que debían interpelar la arquitectura de la ruina y el potencial de la recuperación. En este contexto, la contundente presencia de la obra del artista ghanés Ibrahim Mahama fue, sin duda, el ancla conceptual y visual de la sede.
Mahama, reconocido por sus instalaciones que utilizan costales de yute cosidos, recuperados y patinados por el tiempo y el comercio, logró una resonancia casi perfecta con el entorno.
Pero esta vez un área llena de pupitres desolados, evocaba la nostalgia del colegio-lugar donde para muchos es un privilegio estar, no eran meros adornos; eran un comentario brutal sobre las economías globales y sucesos sociales.
Sin embargo, la crítica debe señalar que, más allá de la potencia de Mahama, la integración curatorial con las propuestas de otros artistas locales en esta sede a menudo se sintió dispersa. La vasta escala del espacio industrial exigía una conexión más férrea entre las obras para sostener el peso conceptual de la libertad y el patrimonio. La descentralización, si bien loable como gesto político, se enfrentó a la dificultad de mantener una narrativa crítica cohesiva en cada uno de los pabellones regionales.

La intervención de Jorge Julián Aristizábal en el PAO fue una de las más poéticas y a la vez más críticas. Con una vasta instalación de aproximadamente 20.000 bolas de cerámica dispuestas en el espacio, su obra confrontó la solidez del patrimonio industrial con la fragilidad del material cerámico. Estas piezas, cocidas y a menudo imperfectas o fragmentadas, operaron como metáforas de los escombros de la memoria, de los sueños rotos de la industrialización y de la vulnerabilidad de las comunidades que dependen de estructuras en decadencia. El contraste entre el peso histórico del ladrillo de la estación y la ligereza quebradiza de las cerámicas generó una tensión museográfica esencial.
Uno de los grandes aciertos de la Bienal fue su intento de forjar nuevos públicos en municipios como Bello, tradicionalmente ajenos al circuito de galerías de Medellín. El arte se convirtió, por un tiempo, en un destino en la Línea A del Metro. No obstante, el desafío final de esta BIAM 2025 reside en la sostenibilidad de ese encuentro. ¿Logró la muestra en la Estación del Ferrocarril trascender la anécdota del evento para sembrar un pensamiento crítico duradero sobre el espacio público y su historia?
La exposición en Bello cumplió su función de hito y de plataforma, demostrando que el arte contemporáneo no necesita del "cubo blanco" para ser pertinente. Logró revitalizar una estructura olvidada y la dotó de un lenguaje que dialogaba con su propia historia de obsolescencia. Fue, en su mejor momento, una metáfora del trabajo y el tránsito. Pero como ocurre con todo gran evento, la pregunta sobre la permanencia de su crítica resuena con fuerza al apagarse las luces.

Mañana, la Bienal Internacional de Arte de Antioquia y Medellín cerrará su ventana a la libertad, dejando tras de sí un departamento culturalmente activado y exhausto. La exposición de Bello, con su potente diálogo entre el óxido del pasado y la promesa de un arte sin fronteras geográficas, queda como el emblema de una Bienal que se atrevió a soñar en grande.
Me despido con la satisfacción de haber visto el arte tomarse los rieles, pero también con el recordatorio de que la verdadera libertad que el arte promete se mide en la capacidad de las instituciones de mantener encendida la llama de estos espacios, no solo durante la fastuosidad de una bienal, sino en la cotidianidad de un martes cualquiera. Es el legado que esta Estación del Ferrocarril, hoy Pabellón de Arte, debe heredar.









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